Soledad, la nueva epidemia que comienza enfermando y alma y termina con el cuerpo

El primer apartamento que elegimos con mi familia para vivir en Washington DC era parte de una serie de dieciséis viviendas, con un espacio común en forma de corredor. Así, la ventana de mi cocina no solo daba a ese corredor común, sino que tenía a misma altura la ventana del vecino que vivía exactamente enfrente de mí. Era un hombre de mediana edad que vivía solo. De los siete días de la semana en seis de ellos funcionan los correos. Un promedio de 4 a 5 días mí vecino recibía paquetes de compras por Internet. Pude conocer su cara apenas antes que se cumplieran los dos años en que finalizaba mi contrato. Las ventanas de su apartamento, cubiertas por las típicas persianas americanas, me permitieron adivinar algo de su vida interior apenas dos veces en esos dos años. Siempre estuvieron cerradas.

Las ciudades y el proceso de urbanización es una de las mega-tendencias que marcarán el rumbo del desarrollo de las próximas décadas. Argentina es un país urbano, ocho de cada diez personas vivimos en núcleos urbanos. Sin embargo, las ciudades que funcionan como polo de atracción en la búsqueda de oportunidades suelen mostrarnos rasgos que le pertenecen. Uno de ellos es la soledad, especialmente entre adultos y personas mayores, y vivir solo se relaciona con satisfacción vital. La ecuación es simple, vivir solo muy probablemente lo vuelva más solitario y menos feliz.

Esta semana acabamos de anoticiarnos que en Reino Unido, su Primer Ministro Theresa May, anuncio la creación de una Secretaria de Estado para tratar el problema de la soledad. Se estima que la mitad de las personas mayores de 75 años o más –cerca de dos millones en el Reino Unido– viven solas, muchas de ellas sin relacionarse con gente durante días e incluso semanas. En Argentina, según el Barómetro de la Deuda Social con las Personas Mayores una de cada cuatro mayores de 75 años viven solos en nuestro país, el mayor porcentaje en la ciudad de Buenos Aires. En otros lugares como Canadá una de cada cuatro personas dice sentirse solos. En Estados Unidos dos estudios muestran que el 40% de los estadounidenses padecen de soledad indeseada. Pero la soledad es un problema que no solo afecta a la gente mayor como se suele pensar. También en Canadá una encuesta realizada a 34.000 universitarios mostró que dos tercios decían experimentar sentimientos de soledad a diario.

Las personas, los seres humanos como especie somos seres sociales. Desde que en tiempos inmemorables se descubrió la agricultura y se pasó de un estilo de vida nómade a los primeros asentamientos, el nivel de conexión social paso a ser parte de nuestra forma de vida, una vida que mejoró las condiciones y con ello la longevidad de nuestra especie. Hoy, en la segunda década del siglo XXI, vivimos la era de la hiperconectividad, el conocimiento compartido, el co-working y el tele-commuting como expresiones en muchos casos de ese esfuerzo colaborativo en versión 3.0 de los primeros asentamientos. Sin embargo, las redes sociales no dejan de ser un engaño en muchos casos ya que, muchos de los que dicen sentirse solos, son personas que viven conectadas gran parte del día. Como podría haber sido el caso de mi vecino de Washington que parecía proveerse de todo lo necesario vía online.

La soledad es un tema serio.

En Agosto pasado la Asociación Americana de Psicología publicó un manifiesto fundamentado en investigaciones donde coloca a la soledad como un peligro para la salud pública al mismo nivel que la epidemia global de obesidad. El análisis incluyó 70 estudios que reunieron casi 3 millones y medio de personas donde se pudo observar que el aislamiento social, la soledad y el vivir solo tienen fuerte impacto sobre la mortalidad. La soledad afecta el sueño y su calidad, altera los niveles hormonales de los mediadores del estrés, incrementa los niveles de inflamación y debilita el sistema inmune. No parece ser poca cosa. El documento de la Asociación Americana de Psicología finaliza alertando sobre el fenómeno de la transición demográfica y el aumento de personas mayores lo que hará que este fenómeno de la soledad tienda a aumentar pudiendo alcanzar fenómeno de epidemia; y finaliza diciendo que el desafío que enfrentamos ahora es qué se puede hacer al respecto.

En Reino Unido, el país de Theresa May, las personas mayores tienen una línea telefónica de emergencia donde poder ser escuchados y hablar con alguien sobre el tema que sea y a la hora que sea. Se reciben cerca de 10,000 llamados semanales. A vista de la nueva Secretaría de Estado para la Soledad ese esfuerzo no alcanzo. Allí la respuesta del Estado. ¿Pero qué hay de nosotros?

Investigadores de la Universidad de Uppsala en Suecia, donde tener una mascota requiere de un registro obligatorio en el Estado, evaluaron en 2001 a más de tres millones de personas entre los 40 y 80 años que nunca habían tenido problemas cardiovasculares. A partir de ese año les hicieron un seguimiento que duro 12 años. Al cabo de ese tiempo encontraron que los dueños de perros tenían muy bajo riesgo de muerte cardiovascular que aquellos que no tenían su mascota, el riesgo fue cerca de 33% menor. Tener un perro no solo le garantiza compañía, sino también alguien a quien cuidar y a quien pasear. Salir al exterior a pasearlo no solo aumenta las posibilidades de interactuar socialmente sino que nos permite movernos, hacer actividad física y esto también es predictor de longevidad. Así que ya sabe, si tiene un perro sáquelo a pasear más seguro. Y si aún no lo tiene, pida que le regalen uno. Son tiempos de una nueva longevidad.

(*) Diego Bernardini es Doctor en Medicina, Master en Gerontología y médico de familia. Autor del libro “De vuelta. Diálogos con personas que han vivido mucho”

Fuente: Revista Noticias

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