A 10 años de la muerte de Sábato, analizan su metamorfosis de científico a escritor

Pablo Morosi y Sandra Di Luca, autores del libro “Sabato, el escritor metafísico” que se publica en coincidencia con el décimo aniversario de su muerte, destacaron la vigencia de los motivos de “desilusión con la ciencia”, en tiempos de desarrollos científicos conquistados en tiempo récord que quedan entrampadas en “conflictos de patentes”.

“Sabato estudió física en un momento en que el positivismo era muy fuerte y tuvo la suerte, en una época donde Argentina tenía pocos científicos, de ser becado para ir a trabajar a la meca de la física (el Instituto Curie en París)”, explicó a Télam la escritora, periodista, docente y documentalista Sandra Di Luca.

“Pero ahí es cuando empieza a vislumbrar que la ciencia puede volverse contra el hombre mismo, porque ahí estaban investigando la fisión del átomo de uranio que podía ser aplicado en las placas de rayos X que ayudan a salvar vidas, pero al mismo tiempo sirvió para desarrollar la bomba atómica”, apuntó el también periodista y autor de “Favaloro, el gran operador” (Marea, 2020), Pablo Morosi.

Como parte de su “desilusión con la ciencia”, el autor explicó que Sabato criticaba “las disputas de los laboratorios por las patentes” de desarrollos fundamentales para preservar la vida y la salud, “que es esto mismo que estamos viendo ahora con las vacunas” y, en ese sentido, “fue un visionario al advertir sobre estas cosas que ya pasaban” pero que se profundizarían con el correr de las décadas.

Di Luca recordó que “él también estaba en contra del desarrollo (ilimitado) de las ciudades porque decía que esa era una vida deshumanizada que iba a generar un montón de problemas”, algo que también queda en evidencia al indagar sobre el surgimiento y expansión de la pandemia.

El libro que acaba de publicar Marea Editorial anticipa ya desde su título el hilo conductor del relato biográfico en clave periodística: la constante búsqueda de respuestas a las preguntas existenciales que lo atormentaron desde niño, y que lo llevó alternativamente a recorrer el camino de la ciencia, la militancia política, el ocultismo, la música, la pintura y la escritura.

“Todo arranca con ese origen tan confuso, sin precisión sobre la fecha de su nacimiento y recibiendo el nombre de otro niño fallecido, que era una costumbre de la época. Pero una cosa es que te pongan el hombre del hermano muerto y otra cosa es que no te digan bien cuándo naciste ni cómo murió”, dijo Morosi.

Es que si bien Ernesto, que murió el 30 de abril de 2011, nunca pudo saber si su llegada al mundo se produjo el 23 o el 24 de junio de 1911 por mucho que les preguntó a sus padres y familiares, ni tampoco sobre la causa de la muerte del séptimo hijo de Juana y Francisco, el primer Ernesto Sabato, cuando tenía solo un año y cinco meses y su madre ya estaba embarazada del futuro doctor en física y célebre escritor.

“El hermano se le transformó en un fantasma y ese fue el origen de tribulaciones que lo ponen a él en un lugar de inconformismo constante, de ir eligiendo diferentes caminos que va dejando porque siempre hurgó en el terreno de lo no explicable”, dijo Di Luca.

En ese derrotero es que inicialmente Sabato se vuelca por las ciencias duras, recibiéndose de doctor en Ciencias Físicas y Matemáticas en la Universidad de La Plata y obteniendo en 1938 una beca como pasante en el actual Instituto Curie, oportunidad que le fue otorgada por el futuro Nobel de Medicina Bernardo Houssay en su rol de titular de una entidad científica.

“Pero la verdad científica solo sirve para las matemáticas o las ecuaciones y si uno piensa en su propia vida, ¿cuánto de lógica o racionalidad tuvieron sus decisiones? Tuvo una manera apasionada de vivir guiada por impulsos e intuiciones; y de eso está hecho el ser humano, que se sigue haciendo las mismas preguntas de diferente manera”, agregó Morosi.

Pero la metamorfosis del científico al escritor no fue fácil.

Para los autores, el éxito de la trilogía de novelas sabatianas -El Túnel (1948), Sobre Héroes y Tumbas (1961) y Abaddón y el Exterminador (1974)- radica en que “logró interpretar a la sociedad en la que vivía y a los porteños de una manera muy acabada”.

Pero el escritor no se contentó con describir una época, sino que intervino activamente en la construcción de esa realidad también como productor y difusor de conocimiento, como periodista, como militante de izquierda, como polemista y denunciante de los crímenes de lesa humanidad al punto de convertirse en “parámetro moral”.

“En el libro decimos que fue un ‘testigo incómodo del siglo XX’ porque le esquivó al binarismo argentino del River/Boca, antiperonismo/peronismo buscando su autenticidad a riesgo de equivocarse y reconocerlo, como hizo muchas veces, y parecer contradictorio por eso”, dijo Morosi.

En ese sentido, el libro muestra que así como almorzó con Videla y antes “había aplaudido el golpe de 1955 como buena parte de la intelectualidad de la época”, posteriormente “es el primero que denuncia las torturas” de la autodenominada Revolución Libertadora -“lo que le cuesta su puesto en el semanario El Mundo”-, fue uno de los fundadores la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, presidió la Conadep y rechazó visceralmente las leyes del perdón alfonsinistas.

“¿Cuál es el Sabato verdadero? A diferencia de la mayoría de los mortales, él vivió casi 100 años animado por una búsqueda de autenticidad pero también de un deseo de trascendencia, de que lo que hacía no dejara a nadie indiferente, pagando un precio por eso”, dijo Di Luca.

Respecto a su participación en la elaboración del informe Nunca más que prologó en 1984, Morosi asegura que esta tarea “no lo absolvió” ante sus críticos, mientras que “para quienes ya lo admiraban, ese compromiso cívico fue determinante para ascenderlo a una plataforma de ejemplaridad”.

Sobre el prólogo considerado por muchos una de las expresiones más cabales de la denominada “teoría de los demonios”, Morosi recordó que inicialmente no hubo cuestionamientos en esos términos y que era una postura que Sabato tenía desde antes y mantuvo después.

El libro también se mete con el conflictivo vínculo que mantuvo con sus pares Jorge Luis Borges y Bioy Casares, pero también con el denominado “boom latinoamericano” y con las universidades excluían sistemáticamente sus textos.

La obra aborda la turbulenta relación con el amor de su vida, Matilde, la tirantez que adquirió por épocas la relación con su hijo Mario y el doloroso quiebre que significó en su vida la prematura muerte de su hijo Jorge en 1995.

“De todos los Sabatos, a mí me encanta el de la nigromancia, el que consulta a adivinos y curas sanadores, hace sesiones de espiritismo y termina diciendo que su propia creación artística surge de los sueños, porque es el que me genera más intriga”, dijo Morosi.

Fuente: Télam

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