Nicolás, el músico que creó una sinfonía en la Antártida que llegó al Teatro Colón

Nicolás Sorín es uno de los pocos músicos que tuvo la oportunidad de ser partícipe de un proyecto artístico en la Antártida. Lo llamaron por teléfono y le dijeron que en enero de 2013 partiría rumbo al Continente Blanco y que la aventura duraría un mes. El hombre aceptó la propuesta sin contemplar los posibles imprevistos que luego se volverían un hecho. Fue un mes intenso pero aún más cuando Nicolás comenzó a perder movilidad en el brazo y le notificaron que el avión Hércules estaba teniendo complicaciones para aterrizar por lo que la fecha de retorno a Buenos Aires era una incógnita. A pesar de todos estos hechos luctuosos, fue allí donde nació la Sinfonía Antártica; una composición musical que años más tarde sería presentada y dirigida por Sorín en uno de los teatros más emblemáticos de la Argentina bajo la lupa de las personas más poderosas e importantes del mundo entero.


Nació en el año 1979 en Buenos Aires, Argentina. Hijo de un cineasta tan reconocido como Carlos Sorín, Nicolás decidió sumergirse en el mundo artístico. “La música llegó a mi vida con un piano vertical que trajo mi padre a casa cuando yo tenía 4 años”, comenzó relatando. Según él fue como un amor a primera vista. Se sentaba en un banquito y tocaba el instrumento antes y después de ir al colegio. Lo veía como un juego. Luego, un poco más de grande, decidió perfeccionarse con una profesora. “A pesar de que me encantaba aprender, yo era muy autodidacta. Arrancaba las clases y a los días dejaba de ir. Al tiempo retomaba con otro profesor pero lamentablemente volvía a caer en la misma costumbre”, señaló el músico.

Nicolás Sorín durante su adolescencia disfrutó la música punk y el rock. Sin embargo, por cosas del destino, terminó volviendo a sus raíces musicales. “Me he enterado más tarde que vengo de una familia por parte de mi padre en la que todos tocaban instrumentos de cuerda y participaban de orquestas. Es más, los domingos no se juntaban a comer un asado sino más bien a tocar el quinteto de metales”, dijo el hombre. 

Un día de noviembre de 2012 le llegó una invitación por parte de la Dirección General del Antártico para participar de un proyecto artístico. Sin dudarlo dijo que sí. A la semana comenzó con el papeleo y los estudios médicos para dar constancia de que estaba en condiciones de viajar a la Antártida. Y así fue como el 1 de enero de 2013 partió rumbo al destino que se convertiría en su fuente de inspiración. El primer mes fue hermoso; muy movilizante y de mucha inspiración. ”Componía con un pequeño teclado de tres octavas, conectado a una computadora que convertía lo que tocaba en partituras, además de llevar mucho papel pentagramado”, comentó. De vez en cuando salía a caminar. “Sentarte a ver los pingüinos que se meten en el agua turquesa era fascinante. Es un lugar tan virgen. Yo lo veo como un santuario”, dijo haciendo memoria a lo vivido en aquel entonces. 

El segundo mes fue caótico: “Había caminado por 20 minutos con 30 grados bajo cero, y levanté una caja de víveres. Escuché una especie de ‘crack’, pero seguí. A la madrugada empecé a sentir un dolor que me quemaba, un dolor eléctrico”, recordó el hombre. Fueron 24 días sin dormir y una incertidumbre absoluta. “Imaginate que mi alojamiento en la Antártida era una base militar. Me inyectaban lo que había para calmar el dolor. Un científico ruso me preparaba unos menjunjes y me ponía unas bolsas con sal en el brazo pero nada servía”. Todo lo escrito para Sinfonía Antártica quedó detenido en el tiempo. Su cabeza estaba en otro plano. Al llegar a Buenos Aires, Nicolás Sorín fue directamente hacia el centro médico. Allí un profesional lo revisó, y detectó que tenía un nervio muy comprometido. “Por meses no pude manejar ni ponerme una remera”, señaló el muchacho, quien se sometió a rehabilitación durante dos años para recuperar su brazo.

En el 2018 Sorín fue convocado para ser uno de los compositores de Argentum, un espectáculo llevado a cabo en el teatro Colón para agasajar a los líderes del mundo en la cumbre del G20. Uno de los cinco movimientos de la obra se basó en su propia creación: Sinfonía Antártica. “La obertura del show fue una buena parte de la sinfonía que escribí y que a la vez funcionó como leitmotiv para hilar todas las regiones. La idea era maquillar y orquestar ese tema con los sonidos propios de cada zona”, reconoció el artista. Horas previas al evento más importante de su vida, Nicolás sufrió un par de imprevistos: “Se nos quedó el bondi y no pudimos llegar al ensayo. Entonces los nervios se multiplicaron. Sentía que el moño me apretaba el cuello”. No obstante, el resultado fue espectacular, y los aplausos fueron una demostración de ello. “El hecho de haber tocado en el Colón fue algo inexplicable. Muchos familiares pasaron por aquel lugar, y me hacía mucha ilusión ser uno más. Lo que nunca imaginé fue estar frente a un montón de personas tan particulares. Me sentí un privilegiado de representar al país, y nada mejor que en el Colón. Fue realmente una experiencia increíble”. 

A raíz de esta experiencia, Nicolás Sorín tuvo la necesidad de pisar la Antártida por segunda vez. “Luego de hablar con mucha gente logré viajar, y al llegar al Polo Antártico me emocioné hasta las lágrimas porque tomé conciencia de que estaba por vivir una experiencia muy distinta a la anterior porque yo era otro Nicolás”, confesó. Luego de esta escapada, el músico argentino incorporó un hábito: cada cinco años viajar a un lugar inhóspito. “No hay lugar donde puedas estar más solo y donde te puedas conocer más a vos que en los Polos Geográficos. La naturaleza es la mejor fuente de inspiración -hablando musicalmente- pero también es súper terapéutica y sanadora para uno mismo”. 

En febrero de este año eligió como destino el Ártico. “Por momentos parecía que estaba meditando pero por otros me sentía acelerado; no paraba de tomar café y fumar. Fue un viaje realmente intenso pero logré conectarme y sentirme vivo”, destacó. El argentino durante su estadía logró crear muchos poemas sinfónicos: “Había pocos protagonistas -la luna, el sol, la nieve, el viento- pero entre sí jugaban y generaban un montón de sensaciones y trucos de magia”. El artista, además de dejarse llevar por lo visual, puso foco en los sonidos. “Es muy loco pero el silencio tiene su propia tonalidad; y creo que no hay sonido más fuerte que el silencio. Parecía un lienzo en blanco pero con mucha información”. 

En fin, Nicolás Sorín entiende que reduciendo al máximo los estímulos externos obtiene grandes cosas. Su viaje a la Antártida fue un claro ejemplo de ello y es por eso que ahora apuesta a un nuevo desafío: “Este año me encantaría trabajar la Sinfonía del Ártico, y presentarla en Argentina como también en Noruega y Finlandia”. Sin embargo, el hombre sueña con algo más simple: nunca perder la inspiración. 

Fuente: El Destape


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